lunes, 6 de agosto de 2012

El ayatollah Ali Jameini celebró “la última reunión antes de la guerra”.

El ayatollah Ali Jameini celebró
“la última reunión antes de la guerra” 

Según las estimaciones el líder supremo de Irán acaba de dar luz verde para la guerra. 


El problema de Medio Oriente reside en Irán por que el agravamiento de la crisis siria hace peligrar la seguridad de Irán. 


El ayatollah Ali Jameini, líder espiritual y jefe supremo de la República Islámica, recibió a los altos mandos militares para celebrar “la última reunión antes de la guerra”.


Según la peculiar constitución iraní, Jameini, y no el presidente Mahmud Ahmadineyad (con quien el ayatollah protagoniza una larga y silenciosa disputa de poder), es el comandante de la Fuerzas Armadas. No se trata de una clásica actitud paranoica de Irán.
El Gobierno israelí supone que la caída de Bashar Al Assad asestaría un golpe mortal a la capacidad de Teherán de responder eficazmente a un eventual ataque aéreo del Estado judío contra sus instalaciones nucleares, una represalia que, según la estimación de la Mossad, podría materializarse a través del lanzamiento de cohetes desde territorio sirio o de atentados perpetrados por guerrilleros chiítas de Hezbollah, protegidos por el régimen de Damasco, desde el sur de El Líbano.
Para echar todavía más leña al fuego, el general Masoud Jazayeri, subjefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes, advirtió que “cuando sea necesario, Irán entrará en el conflicto sirio y dará una respuesta decisiva a los opositores”.
Mientras tanto, el secretario de Defensa norteamericano, León Panetta (exjefe de la CIA), señaló en Tel Aviv que Estados Unidos no descarta la “opción militar” si Irán no desmantela su programa atómico. La presencia de Panetta sucedió a la visita del candidato republicano Mick Romney, quien formuló ácidas críticas contra la actitud presuntamente “blanda” de Barack Obama.
Esas imprudentes declaraciones del postulante republicano habían multiplicado en las esferas diplomáticas los viejos temores acerca de que el primer ministro Benjamín Netanyahu aprovecharía la oportunidad para impulsar unilateralmente una operación militar contra Irán.
Cambio de escenario
Los acontecimientos revelan un cambio cualitativo en el laberíntico panorama regional. Más allá de las habituales consignas propagandísticas para consumo interno, el principal foco de preocupación, en Tel Aviv y también en los gobiernos árabes, ya no es la cuestión palestina sino la amenaza iraní.
La intensificación de los conflictos religiosos en el mundo islámico provocó que las prósperas monarquías petroleras del Golfo Pérsico, lideradas por Arabia Saudita, establecieran como su prioridad estratégica frenar a Irán. La controversia entre sunitas y chiítas, cuyo origen histórico se remonta al siglo VII, prevalece ahora por sobre el conflicto árabe-israelí. I
Irán constituye el único régimen chiíta en el mundo islámico. Los sunitas representan alrededor del 85% de la comunidad mundial de fe musulmana y los chiítas al restante 15%, pero este porcentaje incluye a la mayoría de la población de Irak, a una importante proporción de los habitantes de El Líbano y también a una parte significativa de la población de las monarquías del Golfo Pérsico.
El punto de inflexión en este cambio en el escenario regional fue el estallido de la “primavera árabe”. En Túnez, Egipto, Libia y Siria, las revueltas populares fueron protagonizadas por las mayorías religiosas excluidas contra regímenes autoritarios con raíces laicas, pero respaldados por minorías confesionales que siempre temen ser víctimas de persecuciones o al menos de restricciones a la libertad de cultos.
Todas estas rebeliones, al igual que en Libia, tuvieron el respaldo financiero de las monarquías del Golfo. El emirato de Qatar, propietario de la cadena televisiva Al Jazeera, cuya cobertura de los sucesos permitió a los insurgentes burlar la censura gubernamental, asumió una activa postura reformista.
Arabia Saudita, con la inmensa autoridad moral que le otorga en el mundo islámico su carácter de “guardiana de los Santos Lugares”, brindó un apoyo discreto pero efectivo a las sublevaciones, a pesar de que el régimen de Ryad se encuentra transitoriamente debilitado por la profundización de una sorda puja dinástica que parece el prólogo de un transvasamiento generacional.
Esto explica por qué, en la contienda siria, el Consejo de Cooperación del Golfo, integrado por Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, Oman, Barhein y Emiratos Arabes Unidos, se inclinó por el bando rebelde y planteó una solución negociada sobre la base de la dimisión de Al Assad.
Los juegos cruzados
La alianza estratégica entre el Irán chiíta y la Siria alawita representa una constante en la política regional. En la sangrienta contienda entre Irak e Irán, que se prolongó entre 1980 y 1988, y pese a que tanto en Damasco como en Bagdad gobernaban sendas fracciones del Partido Baath, los sirios apoyaron a los iraníes, en detrimento de sus vecinos árabes.
La réplica iraní al respaldo árabe a los rebeldes sirios tiene hoy por epicentro al pequeño pero estratégico reino de Barhein, con una población de mayoría chiíta, donde crecen los disturbios antigubernamentales. Barhein, asiento de la Quinta Flota estadounidense, es considerada por Teherán como el eslabón más débil de la cadena de las monarquías petroleras. Acosada, la familia real obtuvo el apoyo de tropas sauditas para garantizar su supervivencia.
Las monarquías petroleras maniobran para acotar la “primavera árabe” a la instalación de regímenes democráticos en las repúblicas autocráticas pero no en sus propios territorios. Por otra parte, las victorias de partidos islámicos de perfil “moderado”, satélites de la Hermandad Musulmana (una organización sunita financiada por los petrodólares), en las recientes elecciones de Túnez y Egipto tranquilizó a los jeques árabes en cuanto a las derivaciones de la onda expansiva de estos levantamientos.
La hora señalada
Entre los expertos israelíes en asuntos de defensa, existe una añeja discusión acerca de la mayor o menor peligrosidad que representan sunitas y chiítas para la seguridad del estado judío. Cuando en 1979, los chiítas, de la mano del ayatollah Jomeini, asumieron el poder en Irán, la opinión predominante ubicó en ellos el mayor riesgo para Israel.
Los atentados de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington y el correlativo ascenso de Al Quaeda y de otros movimientos fundamentalistas de origen sunita demostraron la relatividad de estos estereotipos y motivaron un cambio de criterio. Sin embargo, tras la muerte de Bin Laden y los avances en el plan nuclear iraní, el péndulo volvió a inclinarse en el sentido de situar el mayor riesgo de lado de los chiítas y, por lo tanto, de Irán.
Las conclusiones saltan a la vista. Israel y las monarquías árabes creen que llegó el momento de acabar con la amenaza iraní. Los países del Golfo Pérsico prefieren que sea Estados Unidos el primero en actuar. Washington aparenta dudar, aunque no faltan quienes imaginan que, en realidad, la Casa Blanca pretende que sea Israel la que asuma, por lo menos en una primera instancia, la responsabilidad de los hechos.
El secretario de Defensa norteamericano, León Panetta, señaló que Estados Unidos no descarta la “opción militar”.
Irán es el único régimen chiíta en el mundo islámico. Los sunitas representan el 85% de la comunidad mundial.

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